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domingo, 12 de febrero de 2012

Amor y protección, Héctor se despide de Andrómaca

Fotografía de parte de un ánfora de cerámica griega
Para llegar a la materialización de esta ánfora griega participaron un sabio, que gobernó la civilización en que se usaba; un artesano, que la confeccionó con sus propias manos; y un guerrero, que dio motivo a la imagen que refleja y conmemora: Héctor despidiéndose de su esposa, Andrómaca.

Continuamos en un mundo de gobernantes (que deberían ser sabios), guerreros (tocados de valentía) y artesanos (dotados de templanza), como lo imaginaba Platón, el sabio griego. Todos ellos pueden amar y odiar; hubo un tiempo en el que sus distintas pasiones tenían un lugar para el desahogo.

Están próximos los días en que los amantes modernos celebran su intenso afecto con regalos. Lo llaman San Valentín. Hoy nacen amores que mañana terminarán en maltrato, compañía en la vejez o indiferencia y alejamiento. En el peor de los casos, el maltratador, incapaz de frenar su agresividad, dará rienda suelta a su violencia en el hogar que debería defender, y dirigirá su rabia a la mujer que debería proteger. Las crueles desilusiones de nuestra existencia pueden ser caldo para la autodestrucción. Reprimir las pulsiones agresivas es para algunos una tarea imposible. Tenemos que encontrar soluciones: hacer ejercicio al aire libre, si es necesario, hasta casi desfallecer; ahuyentar el estado antropológico de sufrimiento con un esfuerzo constante.

 Fotograma de la película Troya (2004)
Recordemos a Héctor, héroe troyano por excelencia; él es un ejemplo de marido que ama y protege a su esposa. Hoy la mujer tiene otro puesto en la sociedad, ella puede ser guerrera, artesana  o gobernante. Hay varones que parecen no aceptar este progreso tan necesario para que los humanos continuemos acumulando logros. Hasta entonces, a aquellos que no pueden calmar la agresividad suya, les grito: ¡corred, nadad, caminad, insensatos, pero nunca golpeéis a vuestra mujer! Leed las hermosas palabras que el valeroso Héctor dirigió a su esposa, Andrómaca, la de la bella cintura. Comienza ella, tras el narrador:

…Héctor protegía Troya cual ninguno. Y sonrió al mirar a su hijo, silencioso; pero Andrómaca, llorosa junto a él, tomó su mano y le habló así:

   - ¡Desdichado, tu valor te perderá! No te apiadas de tu hijo niño ni de mí, miserable, que no tardaré mucho en ser tu viuda, porque los aqueos te matarán en un asalto. Más quisiera, si he de perderte, hallarme dentro de la sepultura, pues nadie me consolará cuando se haya cumplido tu destino, quedándome únicamente mis dolores. No tengo ya a mi padre ni a mi madre venerable. El divino Aquiles mató a mi padre al saquear la populosa ciudad de los kilikienses, Tebas, la de las altas puertas. Mató a Etión; pero no atrevióse a despojarle por un respeto piadoso. Y quemó su cadáver con las fuertes armas y le erigió una tumba, a cuyo alrededor plantaron olmos las ninfas Orestiadas, hijas de Zeus tempestuoso. Siete hermanos éramos en casa y a todos hizo bajar a la mansión de Edes el divino Aquiles un mismo día cuando cuidaban de los lentos bueyes y las blancas ovejas. Y se llevó con otras prendas del botín a mi madre, que había reinado al pie del Placo, rico en árboles, y cedióla por un rescate espléndido; pero Artemisa, que envanece de sus flechas, la hirió en nuestra morada. ¡Héctor! Hoy eres para mí, por tanto, un padre, una madre venerable, un hermano y un esposo pletórico de juventud. ¡Compadéceme  y permanece en esta torre para no dejar huérfano a tu hijo y a tu esposa viuda! Reúne a tus tropas detrás  de esas higueras silvestres, que es el sitio de mejor acceso a la ciudad y por donde ya tres veces atacaron los más valerosos acayos: los dos Ayaces, el ilustre Idomeneo, las atreidas y el bravo hijo de Tideo, no sé si porque un adivino les guiará o animados del propio impulso.

     Y le contestó el gran Héctor el del casco palpitante:

      - En verdad, mujer, que también son míos tus temores; pero incurrirá  en el odio cruel de los troyanos y de las troyanas de largos peplos rastreros, si como un cobarde rehuyera la lucha. Y mi corazón tampoco me dicta huir, porque he aprendido a ser audaz en el combate siempre y a pelear entre los primeros para gloria de mi padre y mía. Bien se alcanza a mi alma que algún día perecerá la santa Troya, y Príamo y el bravo pueblo de Príamo. ¡Pero ni la desdicha futura de los troyanos, ni la de la misma Hécaba, ni la del rey Príamo y mis hermanos valerosos, que caerán hacinados bajo el poder de los guerreros enemigos, me aflige cual la tuya el día en que un aqueo acorazado de bronce te prive de la libertad, arrastrándote con él, llorosa! Y tejerás, a tu pesar, la tela del extranjero, e irás por agua a la fuente Meseida o Hiperca. Y habrá quien diga al verte enjuagando tus lágrimas.: “Esa es la mujer de Héctor, el más bravo  de los troyanos domadores de caballos que defendían el cerco de Troya”. Y sufrirás entonces un dolor lancinante al recuerdo de tu esposo perdido, el único que podría romper tu esclavitud. ¡Ojalá la tierra me amortaje antes de que oiga tus quejidos y vea arrancarte de aquí!

        Cuando hubo hablando así, el ilustre Héctor tendió las manos hacia su hijo; pero el niño se echó atrás sobre el seno de la nodriza de cintura graciosa, empavorecido por el espanto de su amado padre, cubierto de bronce y sobre cuyo casco una cola de caballo agitábase terrible. Y el padre muy amado sonrió, y también la madre venerable. Y el ilustre Héctor, quitándose su casco resplandeciente, lo dejó en el suelo. Y besó a su hijo muy amado, meciéndole en los brazos, y rogó a Zeus y a los otros dioses:

        - ¡Zeus, y vosotros, dioses, haced que mi hijo se distinga como yo entre los troyanos; que esté pletórico de fuerza y reine con pujanza en Troya! ¡Que un día pueda decirse de él al verle regresar del combate: “Es más valiente que su padre”! ¿Y que habiendo matado al guerrero enemigo, conduzca a modo de trofeo los sangrantes despojos, y el corazón de su madre salte entonces de júbilo!

      Cuando hubo hablado así, puso a su hijo en los brazos de la muy amada esposa, que le aprestó contra su seno perfumado llorando y sonriendo a la par; y a su vista, acaricióle el guerrero la mano y dijo:

       - No te acongojes, desventurada, por mi suerte. Ningún guerrero podrá enviarme a la mansión de Edes contra mi destino, ni ningún hombre vivo, sea cobarde o bravo, podrá oponerse a su destino. Ahora retorna a nuestra casa, cuida tus quehaceres, el telar y la rueca, y vigila a los servidores. La guerra preocupa a todos los guerreros que nacieron en Ilios y a mí principalmente.

       Cuando hubo hablado así, de nuevo requirió su casco de flotante cola de caballo. Y la muy amada esposa se volvió a sus moradas, mirando hacia atrás y derramando lágrimas. Y en las moradas de Héctor, el matador de hombres, encontró a los criados presa de una gran pena y llorando por su amo, vivo todavía, sin pensar que otras veces regresó del combate y escapó de las manos guerreras de los acayos.

Fotogramas de la película Troya (2004)
Héctor se despide de su querida esposa, Andrómaca, para enfrentarse con Aquiles, el semidiós imbatible. El pequeños Astianacte llora al presentir la muerte de su padre.

Aquiles, el divino guerrero, da muerte al valeroso Héctor, que ha luchado como el más entregado de los mortales para defender su tierra, la legendaria Troya.

Inconsolable, Andrómaca llora la muerte de su ejemplar esposo. La acompaña la causante primera de la Guerra de Troya, Helena, la bella amante de Paris.

Los actores de las imágenes superiores son: Eric Bana (como Héctor), Saffron Burrows (como Andrómaca), Brad Pitt (como Aquiles) y Diane Kruger (como Helena).

Este es uno de los artículos de la serie que dedico a los sentimientos, el cine y la literatura. La obra literaria es La Ilíada, atribuida al griego Homero, que se cree vivió varios siglos antes de nuestra era cristiana. La obra cinematográfica es Troya (2004), que resume largos años de contienda y asedio, pero que retrata la despedida de Héctor a Andrómaca de forma muy bella y conmovedora. Los sentimientos son el amor de un marido a su esposa, la protección que le ha de ofrecer.

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