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martes, 12 de marzo de 2013

Breve reseña sobre el Cantar de Mío Cid

Hoja del manuscrito de Per Abbat (que escribió en 1307)*

Quiero publicar una pequeña reseña sobre el Cantar de Mío Cid, es mi deseo reseñar muchos de los libros que he leído, semejante tarea me tendrá ocupado los ratos libres que tenga de vida saludable. El gran poema épico de los castellanos tiene muchos estudios a sus espaldas, muchos tratados y ensayos, muchos chavales lo han estudiado en las escuelas. Hoy voy a dejar un poquito de lado tales estudios que tratan sobre si la afrenta de Corpes a las hijas del Cid no existió en la realidad, pero sí hubo unos hermanos infantes de Carrión y ahora una teoría de por qué se les usó para dejar en mal su nombre; si el poema fue escrito por Per Abbat, que lo firma en la última página, o sólo fue un copista, el significado, pues, de la palabra “escribió” en esa fecha; la hipótesis de la e paragógica en las rimas (piedade por piedad) con la letra e al final de los versos, como defendía Menéndez Pidal; el Cid histórico (que nació en 1040), en realidad mercenario que podía asaltar cualquier villa para recoger recursos y seguir en sus lances, contra el Cid épico y romántico, al que había que ensalzar; el año 1245 que señala Per Abbat para acabar su escrito sería el 1307 según nuestro calendario… Todo esto lo sacrifico por la obra en sí, por los sentimientos que transmite, y solamente traigo mínimamente al recuerdo aquello que significa en conjunto un poema épico para una nación: glorificar algo de su historia, un pegamento para sentirse unidos gracias a un pasado reformado y glorioso, al estilo de los franceses con su: Chanson de Roland  (hacia 1100), los ingleses con Beowulf (s. VIII) y los alemanes con el Cantar de los Nibelungos (s. XIII). O sea: que soy un osado que solo mira al poema y lo que transmite.

Al enfrentarnos con una obra literaria como esta, que trata personajes que existieron, es importante conocer que hay cambios con respecto a la historia real: las hijas del Cid se llamaban: María y Cristina y no: doña Elvira y doña Sol, y nunca se casaron con los infantes Diego y Fernando (sólo por poner un ejemplo). Pero ¿existen otras diferencias con nuestro mundo real? Puede, examinemos algunas: una niña de 9 años advierte al Cid que en Burgos, tras su destierro, nadie le abrirá las puertas, primero lloran hombres y mujeres por el destino de nuestro caballero:

Mio Çid Roy Díaz por Burgos entrove,
En sue compaña sessaenta pendones;
exien lo ver mugieres e varones,
burgeses e burgesas por las finiestras sone.
Florando de los ojos, tanto avien el dolore.
De las sus bocas todos dizían una razóne:
"Dios, que buen vassallo, si oviese buen señore!”

Muy importante es esta última frase, que en nuestros días quedaría así: ¡Díos mío, qué buen vasallo sería si tuviese buen señor! Que pone al Cid por encima del rey en el cariño del pueblo. Todos le hospedarían de muy buena gana, pero ninguno se atrevía por temor al enojo del rey don Alfonso. Luego aparece la niña en la calle que habla al Cid usando la oratoria de un sabio:

"¡Ya Campeador, en buena cinxiestes espada!
El rey lo ha vedado, anoch dél entró su carta .
con grant recabdo e fuertemientre seellada.
No vos osariemos avrir nin coger por nada;
Si non, perderíemos los averes e las casas,
e aun demás los ojos de las caras.
Çid, en el nuestro mal vos non ganades nada.

Mas el Criador vos vala con todas sus vertudes santas."

Esto la niña dixo e tornós pora su casa.

Esto es: nadie se atreve a recibir al Cid, una niña es la única que lo hace y le justifica el porqué del cierre para con su persona. Ya vemos que los sentimientos sí contarán en esta obra y sólo ha comenzado. “El Criador te ayude con todas sus gracias”, le desea la pequeña a nuestro héroe.

Damos un salto en el tiempo, todos huyen de un león que se ha soltado, los que desposan a las hijas del Cid también se ensucian de esconderse, el Cid se levanta:

En esto despertó el que en buen ora naçió;
vido çercado el escaño de sos buenos varones:
"Qués esto, mesnadas, o qué queredes vos?"
— "Ya señor ondrado rebata nos dio el león."
Mío Çid fincó el cobdo, en pie se levantó,
el manto trae al cuello, e adeliñó pora' león;
el león quando lo vio, assí envergonzó,
ante mió Cid la cabega premió e el rostro fincó.
Mió Çid don Rodrigo al cuello lo tomó,
e llévalo adestrado, en la red le metió.
A maravilla lo han quantos que i son,
e tornáronse ai palagio pora la cort.


El Cid se puso en pie y con el manto al cuello se dirigió al león, pero cuando éste le vio, de tal modo le entró temor de Mío Cid que bajó la cabeza e hincó el hocico. Mío Cid don Rodrigo lo cogió del cuello, lo condujo de la mano y lo metió en la jaula. Todos los que estaban allí se quedaron maravillados… (¿No recuerda esta acción a las de los superhéroes de las películas y tebeos de hoy en día, a una vampiresa de la última de Crepúsculo, tal vez?)

La sangre chorrea por los codos en el cantar, muchas son las veces, suyas y las de los suyos, leamos este trozo prosificado:

El caballo le salió bueno a Minaya Alvar Fáñez, y así pudo matar hasta treinta y cuatro moros. ¡Oh tajante espada, y cuan ensangrentado trae el brazo, escurriéndole por el codo la sangre! — Ahora sí que estoy satisfecho — dice Minaya — . Ahora llegarán a Castilla las buenas nuevas de que mi Cid Ruy Díaz ha salido victorioso en guerra campal.
Hay tantos moros muertos, que apenas quedan supervivientes.


La barba del Cid es la envidia de los caballeros:

La cofia fronzida, ¡Dios, cómo es bien barbado! (789)
¡Dios, cómo es alegre la barba bellida! (930)
En fin, hoy diríamos: ¡Oh, Dios, qué barba tan espléndida la suya! Y que nadie se la haya tocado: Par aquesta barba que nadi no mesó (2832).

Como bien explicaba Fernando Lázaro Carreter, en la obra, hay muchas formas de atraer al oyente (lector hoy en día), se le invoca:

Mala cuita es, señores, haber mengua de pan (1178)
Aquí veriedes quexarse infantes de Carrión (3207) Aquí veríais...
Direvos de los cavalleros que llevaron el mensaje (1453) Os diré...

El juglar habla con nosotros, somos su público querido.

Bueno, se consume mi breve escrito, quedan medio en el tintero: Dios que en todas (y son muchas) está con el Cid; los moros que pierden tierra y mueren a centenares; las espadas (Colada y Tizona), la primera valía más de mil marcos de plata; Babieca el caballo poderoso, también era un trofeo de guerra…
Esta es una buena historia, deberías leerla aunque fuera en su prosificación moderna, que también queda espléndida.

* A pesar del pésimo estado de este manuscrito original del s. XIV, sobre el que se han usado toda clase de reactivos químicos, sulfuro de amonio, sulfato de potasio, ácido clorhídrico, etc., existe una copia del Cantar realizada por Juan Ruiz de Ulibarri en 1596 que permite interpretar los pasajes que están peor conservados.

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El largometraje al que podemos acudir para revisar la figura del Cid, llena de leyenda y admiración, es: El Cid (1961), que fue rodada en España por un equipo norteamericano, con el director Anthony Mann al frente y los actores Sofía Loren y el casi mítico Charton Heston: El Cid, Moisés, Ben-Hur, Marco Antonio, Taylor (de El planeta de los simios), el cardenal Richelieu...

Para los amigos que pretendan examinarse en el instituto de conocimientos sobre el Cantar de Mío Cid, y tengan la tentativa de no leerlo sino ver esta película: puede que suspendan en masa. Un resumen del gran poema sacado de la enciclopedia Espasa les valdría mucho más. La cinta, no obstante, contiene un excelente ejemplo de cine épico, una aventura que debemos visionar todos los cinéfilos; toma sustancias de las obras teatrales del siglo XVII: Le Cid, de Pierre Corneille, y Las Mocedades del Cid, de Guillén de Castro, y claro: del cantar de gesta que es el mismo Cantar de Mio Cid, que suponemos data del s. XII. Una curiosidad: las edificaciones que sirvieron de escenario para el filme son del s. XV, imposible sería encontrar algunas en pie del s. XII. Ramón Menéndez Pidal (renombrado filólogo e historiador de gran prestigio) con 92 años, y su hijo Gonzalo (historiador y cartógrafo) asesoraron sobre el atrezzo, el lenguaje a usar y la elección de la partitura, al menos para que no desfiguraran mucho la historia del Cid.

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